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“Si eres diferente, resiste”, es la consigna de la juventud cubana de hoy que no experimenta la gran violencia de las décadas de 1960 y 1970, cuando muchos homosexuales fueron enviados a trabajar a las unidades militares de ayuda a la producción UMAP, o campos de trabajo agrícolas, donde sufrían todo tipo de acoso y vejación. Pero si de acuerdo con la Constitución de 2019 se prohíbe la discriminación por razones de orientación sexual y la identidad de género, la realidad es muy distinta pues la homofobia y el machismo siguen cobrando víctimas, además de tener que enfrentar la comunidad LGBTI las dificultades inherentes a una sociedad represiva y en crisis permanente.
La sordidez de vidas quebradas por la soledad, la violencia y la miseria recoge en “Chamaco” de Juan Carlos Cremata, distintas visiones convergentes en un objeto de deseo marginal e inestable. Karel (Fidel Betancourt), un veinteañero llegado del campo a La Habana buscando una mejor vida, acabará perdiéndola por propia voluntad cuando la cadena de eventos y personajes interconectados con él se cierre sobre sí misma y lo asfixie, espejeando con ello la opresión de un país entero.
Si bien la capital cubana no es aquí escenario más allá del nombre de un parque o una pizzería, ya que la película discurre en exteriores e interiores sin especificidad alguna, las dinámicas surgidas de la revolución e impuestas por varias generaciones a sus calles y habitantes se expresan en las cuitas de los protagonistas. Una diégesis estructurada en cuadros cortos, aísla la acción y extrae de cada existencia lo que la dictadura le ha hurtado; ya sea oportunidades, como en el caso de Karel, prostituyéndose por un lugar donde vivir; prestigio, cual ocurre con Alejandro (Aramís Delgado), abogado inmerso en una doble existencia entre lo familiar y lo prohibido; seguridad, como sucede con su hija Silvia (Laura Ramos), una doctora consagrada a su trabajo pero carente de afectos sólidos; o aspiraciones, tal como acontece con Miguel (Caleb Casas), el hermano de esta, moviéndose sin rumbo en línea de fuga permanente.
Será entonces ese afán de huir de Miguel el móvil del argumento, al haber quedado tendido en el suelo del parque donde un travesti y una limpiadora comparten banquito, mientras esperan que algo pase o les pase, en un país donde “no pasa nada”, como expresa la mujer dedicada a vigilar la estatua de un héroe y lo que ocurre a su alrededor. “Tú eres un tipo”, le dice la guardaparque a La Chupi (Alfredo Chang), su compañera de banquito, quien vende flores o se vende —“por una me dan un dólar en el Floridita”—, en tanto espera a Saúl (Luis Alberto García), policía corrupto y chulo de los muchachos que se prostituyen por la zona.
La ausencia de referentes urbanos en encuadres fundamentalmente nocturnos, pues la cronología refiere a las horas anteriores y posteriores a la Nochebuena, ahonda la impresión de un “allá sin un dónde”, proveniente de la visión artificializada de Cuba, que el cine de Hollywood proyectó en los años treinta y cuarenta siguiendo las políticas neocolonialistas de los Estados Unidos. Una visión deconstruida por el film, al llevar hasta el melodrama la parodia norteamericana de la Isla, en el maquillaje y los accesorios de La Chupi; y donde la cesta con flores hiperrealiza las que adornaban a aquellas rumberas de las pantallas hollywoodenses.
Lo grotesco del conjunto borra no obstante el efecto kitsch, distanciando a los caracteres del estereotipo y confiriéndoles una seriedad con una fuerte carga política de denuncia a un gobierno anquilosado e intolerante. Esto conmina a los mismos cubanos a acusar a sus vecinos para saldar cuentas y vengar rencillas, o en el caso de la limpiadora rehusarse a reconocer la diferencia y lo diferente, además de ocultar su miedo a inculpar al asesino de Miguel. Una duplicidad, que Karel explota en tanto explota a sus víctimas, ya sean el joven asesinado por no llevar dinero para pagar su apuesta en una partida de ajedrez, el abogado y padre de la víctima a quien seduce para extraerle dinero, el “tío” Felipe (Francisco García) manipulado por sus encantos hasta humillarse ante él, Silvia viviendo un affaire con el asesino de su hermano sin saberlo, y el policía cuya falta de escrúpulos le permite tejer la red donde acabarán cayendo todos.
Karel se transforma aquí en el oscuro objeto del deseo, cuya ambigüedad proviene de la imposibilidad cultural para reevaluar su rol de género, dada la precariedad de una situación que lo convierte en víctima de su propio destino. Ello le impide enfrentar la alienación impuesta por el sistema represivo cubano en quienes no gozan de sus favores, a fin de hacerse con las herramientas para mejorar su condición y hacer realidad sus sueños de conquistador. “Todo eso si uno tiene dinero para el carro, el gimnasio, la orquídea. El día que tenga bastante plata me voy a hacer con tres jebitas a la vez”, le cuenta a Miguel, mientras juegan la partida de ajedrez que para ambos resultará mortal.
La falta de referentes de estos jóvenes en una sociedad sometida, aislada y privada de lo más esencial los lleva a ventilar sus frustraciones evadiéndose de las responsabilidades familiares, cual ocurre con Miguel, o destruyendo indiscriminadamente lo que no satisfaga sus urgencias, como sucede con Karel. Pero las intransigencias exteriores son demasiado fuertes para quienes no cuentan con el favor del régimen o detentan una posición de poder dentro del mismo, cayendo entonces por las rendijas de un sistema cuya sobrevivencia está por encima del bienestar común, lo cual le hace sacrificar a quien sea necesario con tal de mantenerse incólume. Aquí será el asesinato de Miguel y el posterior suicidio de su asesino lo que abrirá y cerrará respectivamente el film, quedando las horas anteriores a ambos sucesos expuestas, con todos sus sobresaltos e incongruencias, en el contenido de la diégesis.
De ese espacio entre ambas muertes se nutrirá el argumento a fin de exponer las intransigencias del poder, aun cuando algunos de sus integrantes pretendan dar una visión más humana y normalizadora de la homosexualidad, en un país donde la persecución y castigo de la disidencia ha sido la norma desde la instauración del castrismo. La iluminación enfatizará el secretismo y ocultamiento resultantes del deseo entre iguales privilegiando los encuentros en lugares sombríos, y remedando con ello las zonas oscuras del ser cubano, reacio a aceptar abiertamente y en plano de igualdad a los miembros del colectivo LGBTI.
“Tú estás en algo. Tú estás esperando a alguien”, pondera la informante sopesando a La Chupi. Ella no se sentirá sin embargo aludida, pues pertenece a una generación post-Mariel mucho más concientizada de su situación, sus derechos y prerrogativas dentro del régimen, pese a la homofobia existente en todos los sectores de la vida nacional. De ahí que el acoso de la limpiadora no le preocupe demasiado y pueda hasta rebatir abiertamente sus sospechas. Igualmente, el hecho de tener a Saúl como protector y amante ocasional, le da la seguridad para permanecer allí y pedirle a la mujer que busque otro banquito donde sentarse, mientras ella aguarda por su “marido”.
La llegada de Saúl, quien ve en el asesinato de Miguel una oportunidad para extorsionar a la familia del finado, interrumpirá abruptamente el diálogo entre las dos mujeres, exponiendo además una cercanía con La Chupi que tratará de disimular ante la informante; si bien cuando le dé su chaqueta para que no pase frío y dinero para que se vaya de allí, quedará al descubierto la relación, enfatizada por el beso de despedida del travesti. Otra muestra de la ambigüedad masculina para aceptar y aceptarse, enmascarando en un machismo impostado la verdadera dirección de su deseo, la cual tendrá aquí un desarrollo inesperado en la cadena de relaciones puesta a unir a los distintos caracteres entre sí.
El aireamiento de la diferencia del conjunto contará con un trasfondo eminentemente político, en la tácita presencia de los logros de la revolución, orbitando entre la oscuridad de una noche muy poco buena para ellos. “Como es fin de año la carne estaba más cara, por supuesto, medio verdosa”, le participa Silvia a Alejandro, el padre, mientras prepara la cena que ningún miembro de la familia comerá esta Nochebuena. Con ello la película toca de soslayo el tema de la escasez, aún en los hogares profesionales donde los sueldos combinados de una doctora y un abogado no alcanzan para poner sobre la mesa una buena comida. Y en tanto va enumerando la poca calidad de los ingredientes con los que se ha visto obligada a cocinar, Silvia deja transpirar su resentimiento hacia el padre, debido probablemente a la doble vida de este y al negativo impacto que tuvieron sus acciones en la psiquis de la madre, ya desaparecida.
El equívoco sexual de Alejandro, producto de este falso machismo de Saúl, se aúna aquí a los trabajos para sobrevivir en medio del cotidiano resuelve a fin de hacerse con lo más imprescindible, como constante en la existencia del pueblo cubano desde la entrada de Fidel Castro a La Habana.
“—¿Cuánto gastaste en la comida? —Como quinientos pesos si te pones a ver. —El salario de un mes. —El mío”, proseguirán ellos, dejando traslucir sus personales inadecuaciones en una realidad donde los problemas económicos encontrarán otra vía de escape, mediante las recriminaciones mutuas con respecto a la vida conyugal.
“A veces pienso que si te casaras nos llevaríamos mejor”, pondera el padre. “A veces pienso que, si te casaras otra vez… A mí me encantaría probar la sazón de tu mujer”, responderá cáusticamente la hija; enfatizando ellos en el intercambio el estrecho lugar de los afectos exógenos en sus vidas, pues ninguno de los dos ha encontrado aún la relación satisfactoria. Silvia, porque las demandas profesionales no le han permitido dedicarse de lleno a una pareja, aislándola más bien en un espacio ajeno al ritmo vital de la geografía. “Construyendo una isla de cristal. Tanto tiempo gastado en esta mierda”, acabará diciendo y diciéndose, cuando los acontecimientos de esta noche lleguen finalmente a sobrepasarla. “A veces me gusta arrimarme al crimen. Debería mantenerme lejos, pero me arrimo”, le revelará Alejandro a Karel cuando se conozcan esa madrugada, dando inicio al proceso de seducción que acabará destruyendo al muchacho. En el caso del hombre, el brevísimo affaire tampoco le dará las satisfacciones buscadas y nunca encontradas en la vida marital; con lo cual tanto él como su hija, destrozada por la pérdida del hermano y sin saber todavía que el amante compartido con su propio padre es el asesino, quedarán al descubierto y sin posibilidad de redención.
Por otro lado, la autoinmolación de Karel, ejecutada con la intención de expiar sus culpas, en lugar de salvarlo para las cosas del cielo, lo condena para los asuntos terrenos instaurándolo como cuerpo sexual con un significado ambiguo, pues no queda resuelto en el film el motivo último del encuentro con Alejandro. De hecho, el travelling lento del cuerpo desnudo tendido en el suelo, con la voz en off del hombre relatando el parecido físico entre el hijo muerto y el amante, agrega un ingrediente incestuoso al argumento, y hace de Karel la bisagra entre un presente donde es mártir y un futuro de desmoralización e impotencia para Alejandro, incapaz de absorber todos los sentidos del drama.
“Lo conocí hace dos días al frente de la acera del ‘Louvre’ la misma noche que mataron a mi hijo. Me hablaba y era como si tuviera a Miguel delante de mí. La misma edad, dios mío, la misma mirada de Miguel. Tener a un hijo acabado de enterrar y pensar en un chiquillo. Sé que cuesta trabajo entender, pero eran una misma cosa, Miguel y Karel, cuando lo vi en el umbral. Nos revolcamos sobre la cama. Puro entusiasmo. Un beso, dos. Me habló al oído cuando acabamos: ‘No quiero dinero tuyo. No quiero’”.
En el sitio de la ausencia, Alejandro queda en blanco y sin argumentos para justificar la presencia de Karel, muerto ante él y en su propia casa, más allá de su sentido alegórico como representación de lo clandestino y furtivo. Algo que la revolución considerará un estorbo y un foco de resistencia contra la pureza del hombre nuevo preconizada por la ideología comunista, y que por tanto es necesario borrar, desaparecer, hacer ver que nunca existió; uniéndolo así a la larga cadena de víctimas de la homofobia castrista personificada en el film por la figura de Saúl.
La dosis de poder que el pertenecer a las fuerzas policíacas le confiere, le permite controlar a los jóvenes de la zona, quedándose con parte de lo ganado en sus transacciones carnales, o en el caso de Karel exigiéndole averiguar también de dónde Alejandro saca su dinero. “Nadie tiene tanta plata en esta ciudad como para estarla gastando con muchachos todas las noches. Te voy a dejar tranquilo hasta enero, ni un carnet pedido, ni una noche en el calabozo. ¡Búscalo!”, le ordena, amenazándolo y dándole indirectamente a entender que sabe quién mató al hijo de su prospectivo amante.
Las seguridades que el muchacho no ha encontrado en casa del “tío” Felipe las espera de Alejandro, pero simultáneamente no quiere comprometerlo pues en el fondo sus desequilibrios son consecuencia del acorralamiento sufrido a causa de las intolerancias de los otros. Familiares reales o ficticios, compañeros de fatigas como la misma Chupi, encuentros circunstanciales cual fue el fatídico con Miguel, constituyen su entorno vital dejándolo a la intemperie, literal y alegóricamente. Ello es así pues, por un lado, el “tío” Felipe le exigirá que se vaya de su casa al no dejarse poseer más por él, y por otro la precariedad y urgencia de sus encuentros sexuales callejeros carecerán de gravedad y sustancia, abandonándolo a la suerte, o como a la Blanche Dubois de Tennessee Williams llevándole a depender de la amabilidad de los extraños.
Su crimen entonces es consecuencia de un desamparo y el suicidio la única manera posible para él de purgar sus males, lo cual constituye en sí mismo una contradicción pues se impone al afán de sobrevivencia puesto en todos sus desplazamientos; ya sea de la ciudad al campo, de la casa de su protector a la calle o de esta al hogar de Alejandro donde esperaba quizás encontrar albergue seguro. Una esperanza, siempre en el pensamiento de la víctima de las intransigencias y destruida por Saúl, quien en un callejón oscuro lo humillará y golpeará tras haber gozado de sus favores, para recordarle el grado de inestabilidad y lo frágil de su situación en un entorno que las carestías, unidas al autoritarismo, manipulación e imposiciones del régimen, hacen todavía más desgarrador.
“Y el abogado cuánto te pagó; o a lo mejor le hiciste una rebajita. Como mataste a su hijo”, irá echándole Saúl en cara mientras lo golpea y precisa las conexiones entre Alejandro, Miguel y Silvia, con quienes Karel se ha encontrado en la muerte o en el sexo. Ello, desde su sitial entre los cubanos encargados de vigilar, controlar, amenazar y detener a quienes se opongan o rebelen contra sus órdenes y mandatos, que por extensión en su mente son también los de la revolución. “Imbécil. Hasta para matar tienes que tener cabeza”, le recalca, haciéndose eco de las maquiavélicas tácticas castristas de intimidación y castigo con las cuales se ha mantenido desde hace más de medio siglo en el poder, desestabilizando en el trayecto a naciones más prósperas, poderosas y democráticas para aprovecharse de sus riquezas. Ello, paralelamente a la aniquilación de todo pensamiento libre, lo cual ha obligado a muchos inconformes a arriesgarse a morir para huir de la Isla, o como el protagonista de “Chamaco” escapando al horror de una forma más segura.
La escena de celos del “tío” Felipe, con la banda sonora de noticias radiales ponderando los logros del castrismo y enfatizando las fallas del liberalismo, demuestra la saturación ideológica del sistema y expone las miserias de quienes no quisieron o no pudieron emigrar, encarnadas en la figura del homosexual acabado y decadente. “Comes aquí y gozas afuera”, le reprochará el viejo al muchacho mientras intenta poseerlo, entre el patetismo de sus apetitos y la desintegración personal y de la vivienda, cual alegorías de la descomposición generalizada de la Isla.
Será pues de la red de intolerancias de la sociedad cubana tejiéndose en torno a los personajes, de donde el director extraerá el material para su producción, dirigida a un espectador mucho más abierto. Esto, a fin de reflejar esas zonas de resistencia al sectarismo crónico enquistado no obstante en el ser cubano, pero que las nuevas generaciones empiezan a sacudir gracias al acceso a las plataformas digitales donde denuncian la falta de libertades y la violencia contra las minorías, así como la represión hacia aquellos que piden justicia, siguiendo el clamor global de la presente década contra quienes asesinan impunemente a los más vulnerables.
La protesta, sin embargo, no entra dentro de la cotidianeidad de estos personajes, apabullados por una realidad que los sobrepasa. Y es claramente esa impotencia para verbalizar injusticias y excesos lo que asienta el tono del film, cuya tensión irá in crescendo en tanto más se cierre el cerco sobre Karel. La persecución de la cual el joven es víctima, dada su sujeción a los dictados de Saúl, se traslada al vivir de los demás caracteres, cuyas existencias permanecen marcadas por la presencia omnisciente del líder eterno. Penurias y reveses tendrán, en las distintas facetas de cada uno, un peso específico fundamental proveniente de los obstáculos existentes en el país para desenvolverse libremente, y tener acceso a los bienes otorgados a quienes controlan el Partido y a sus acólitos.
“—Yo quisiera comerme una manzana. —¡Uy! Están baraticas en ‘La Revoltosa’. —Allí no hay. Sabes que con un dólar no me alcanza ni para dos”, le comenta Miguel a Silvia, poco antes de salir a la última noche de su existencia sabiéndose incapaz de reunir ese dinero, con lo cual la partida de ajedrez se convierte en la última esperanza para hacerse con algunos dólares que también Karel necesita. Ambos apuestan entonces a sabiendas de que ninguno podrá pagar, pero espera ganar a fin de obtener ese inexistente dinero del contrincante. La insuficiencia puesta a desencadenar el drama tiene consecuentemente una tragedia añadida, es decir, la también eterna necesidad del pueblo cubano, obligado a inventárselas incesantemente para sobrevivir un día más.
Esta dinámica donde el forcejeo entre dominador y dominado signa los intercambios carnales, económicos y familiares, constituye también el marco para someter a las minorías sexuales, víctima de la homofobia institucionalizada, del mismo modo como el resto lo es de la pobreza institucionalizada. El doble avasallamiento sufrido por el colectivo LGBTI, se añade a los trabajos del resto, manteniéndolo siempre en guardia para no sucumbir a los dictados del más fuerte, o a los escarnios de quienes se sienten con derecho a condenar por el hecho de no pertenecer al grupo marginado.
“Chamaco” se hace eco de tal dinámica y la expone sin tapujos, lo cual vuelve al film doblemente subversivo. Pues si por una parte expone el underground de la prostitución gay, por otra exterioriza los males intrínsecos del sistema, cuya acción sobre la ciudadanía es tan fuerte como la de quienes explotan a los jóvenes para lucrarse con su precariedad. Aquí ello viene representado por Saúl, exponente de la intolerancia estatal y del provecho que este obtiene extorsionando al otro, ya sea el homosexual, el trabajador o una nación entera cual ocurre hoy con Venezuela.
Esta conjunción entre explotación y dominación no es ciertamente privativa de Cuba, sino que se extiende al resto de Latinoamérica donde los derechos del colectivo LGTBI o no existen o son sistemáticamente violados, independientemente de la normativa legal. No extraña entonces que la mayoría prefiera mantener su sexualidad en el closet o vivirla discretamente, especialmente en los sectores medios y altos de la población para los cuales las conveniencias, apariencias y dobleces son fundamentales a fin de mantener el estatus y ser aceptado dentro de los círculos más exclusivos, que son también los más excluyentes. Algo que quienes no forman parte de ese grupo social no pueden detentar, quedando a merced de la extorsión y las injusticias, cual ocurre con los protagonistas de este film siempre actual y necesario.

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